15.1.10

Crónicas sicilianas: Piazza Garraffello


"Estáis en el corazón de Palermo", nos dijo Jéssica, la dueña del hostal, mientras nos adentrábamos por callejuelas repletas de puestos de verdura y pescado y niños corriendo y mayores sentados en la puerta de su casa. Era la Vucciria, el mercado central de Palermo. "Se llama la vucciria, porque todo el mundo habla y grita", nos seguía explicando la casera, mientras nosotros nos aferrábamos a nuestros escasos bultos seguros de que allí todo el mundo se movía más rápido que nosotros, recién llegados.

El nombre de la Vucciria a mí me recuerda inevitablemente a la famosa Boqueria de Barcelona, (y no me extrañaría que estuviera relacionado puesto que los catalanes reinaron Sicilia durante algún tiempo) pero en Palermo no hay ningún edificio modernista que acoja a los puestos, los vendedores están en las calles y en las tiendecitas del barrio, un poco como el mercado de San Agustín hace 15 años, antes de que la higiene y la obsesión por ser Europa se hicieran con Granada. Detrás de los puestos, las casas se mantienen casi por resignación, conviviendo edificios reformados a trozos con tejados derruidos durante la II Guerra Mundial. Cables, perros y gatos, motos, coches y basura, mucha basura.

El barrio donde se encuentra el mercado central está a escasos metros de la Vía Roma, una de las calles principales de Palermo y de las pocas cuidadas de la ciudad. Es un barrio humilde y descuidado donde, sin embargo late Sicilia. Muchos de los edificios son antiguos palacios barrocos donde en su día vivieron nobles y que hoy acogen a numerosas familias a base de remiendos que poco entienden de cuestiones artísticas. Puertas de tres metros, techos de cinco, frescos desconchados, tejados que no se tienen en pie. Cuando los puestos se repliegan, es cuando se observa lo vacío y roto que está todo, la vida que queda en el barrio y cómo queda. Y también cuando se observa el presente y el futuro de un sitio que está llamado a ser un gran laboratorio de ideas.

La noche en la vucciria es para calles vacías y jóvenes con ganas de crear. Siempre me ha parecido que los lugares destruidos invitan a querer arregrarlos. Algo así pasa en ese lugar. De repente, una taberna a la que durante el día ni siquiera entran las mujeres, de noche es el lugar de encuentro de bohemios y gente del barrio para tomar una cerveza mientras se escucha rock de los 50. A unos metros, en Piazza Garraffello, cientos de jóvenes bailan a ritmo de drum & bass gracias a un equipo de sonido instalado en uno de los costales de la plaza, bajo una vírgen de metro y medio decorada con neones de colores. De los altavoces la música sale sin pudor, sin miedo a despertar a los vecinos que no existen, porque todos los edificios alrededor de la plaza están abandonados, tan solo los bajos tienen vida, para vender cerveza a un euro a los jóvenes que bailan. Una rave en el centro de la ciudad, como si nada.



Piazza Garraffello fue una vez un museo. Y no hablo de hace siglos, sino unos cuatro años atrás, cuando el artista austriaco Uwe Jaentsch la eligió como el lugar en el que exponer una serie de objetos que iba encontrando en las calles. Este artista, conocido en Italia por hacer arte con la basura, llenó la plaza y los edificios de alrededor de objetos rescatados de los desperdicios durante años, creando su museo particular. Hasta que las autoridades decidieron que había uqe intervenir y enviaron a policía y bomberos a desmantelar el "museo" de Uwe. Hubo protestas y enfrentamientos en torno a la plaza, pero, finalmente, los bomberos entraron y se llevaron todo, hasta los cubos de la basura que habían estado siempre allí. Dicen de Jaentsch que montó una tienda que abría después de las doce en al que vendía cerveza sentado en un sillón dorado, mientras que en otra performance se dedicaba a llevar a la gente a los tejados del mercado, subiendo por escaleras medio derruidas hasta una habitación con grandes techos dorados donde les hacía una foto Polaroid. Lo cierto es que aún hoy se pueden ver las huellas de la obra de Jaentsch en forma de pintadas en las paredes o de ropa tendida en una casa destripada. Y todo con el objetivo de llamar la atención sobre el abandono al que se somete este barrio a diario, el mismo abandono que hace que muchos de sus vecinos vivan en condiciones que no pertenecen ni a este siglo ni al pasado y que ha ayudado al barrio a mantener su identidad.

No sé si es el corazón de Palermo o sus tripas, pero sé que la vucciria es una realidad que aún escapa a la pulcritud y uniformidad europea y que, probablente, desaparecerá en un tiempo no muy lejano, así mejor darse prisa.