21.12.08

Homenaje a mi exkioskero

Hola, ¿qué decir después de tanto tiempo? Hace mucho que no me paso por aquí y no tengo excusa aunque me sobren los motivos. Hoy se cuenta un año desde que conocí, de borrachera, al chico de pelo rizado que me hizo escribir por última vez en este blog. Una año en el que han pasado muchas cosas y en el que he prometido varias veces retomar mis ciberandanzas sin llegar a cumplir esas promesas. Soy bastante dada a no hacer lo que digo que voy a hacer, podéis llamarme malqueda, pero en realidad no es más que mi peculiar forma de rebeldía ¿Quién dijo que las promesas había que cumplirlas? Bueno, rebeldía y despiste, que también de eso hay mucho en mi vida.
Hoy es domingo (con lo que fueron los domingos para mí), estoy en Almería, en lo que ha sido mi casa durante unos meses y que vuelve a ser ajena, y, lejos de promesas, me ha apetecido asomarme una vez más para contar que una nueva mudanza me ha traído más recuerdos de esos que gusta tener. Volver a este salón, al olor del pasillo y de las sábanas de mi excama compartida, a la plaza y su palmera, el salón con la radio siempre de fondo, el frío húmedo que llega directamente del mar... ha sido todo un reencuentro. Pero lo que más me ha gustado volver a ver ha sido al kioskero, el mejor kioskero que he conocido en mi vida, y no porque esté bueno, que el muchacho no es demasiado agraciado en lo físico, sino por la amabilidad que desprende ese hombre gordito y aseado que, al comprar la edición dominical del periódico, te dice "un momento, su suplemento"y con una sonrisa prosigue: "y otro, momento" -te regala un par de caramelos- "feliz Navidad". "Feliz Navidad a usted también", no podía ser menos. Y te vas a casa con una sonrisa que le da la vuelta a la cabeza mientras masticas uno de esos caramelos.
Él es siempre así y me he dado cuenta de que lo he echado de menos.

16.1.08

Cabo de Gata, un martes cualquiera

Aparcaron el coche con cuidado para que no se quedara encallado en la arena. Ella se estremeció en cuanto estuvo fuera, por aquel desierto salpicado de verdes que bien podían ser azules, por el olor a sal del mar, por el viento frío que no les perdonaba que fuera invierno.

Sobre la pasarela de madera que se adentraba en la playa, sonaba el tacón de sus botas de cowgirl y ella pensó que era un sonido precioso, que nunca lo había escuchado así. Las olas y el viento de nuevo acompañaban a sus pies. Y él, que le abrazaba por la espalda caminando con ella, guiándola hacia el momento.

Sentados al final del camino de tablas se apretaban en un abrazo-abrigo mientras observaban cómo se escondía el sol donde terminaba el agua. Ella sentía los deliciosos pinchazos de su barba en la mejilla izquierda, mientras la derecha se conformaba con algunas lágrimas.

Fin del acto: ya no hay sol y hace demasiado frío para seguir allí.

Huyen hacia el coche, de nuevo por el camino de tablas. Ella le mira desde abajo y ve cómo el viento juega con sus rizos. Le parece que esa imagen, él visto desde sus ojos, el viento, la luz congelada, el desierto... que ese momento podría formar parte de cualquier película de Medem. El ambiente ha bajado el volumen, amortiguado por la posición abandono, porque le dan la espalda al mar. Sonidos que suenan a medias dejándo protagonismo a sus voces.
Ella le dice: "Mira, me llora el ojo derecho",
él responde: "¿Sólo el derecho? ¿Y eso?",
y ella: "Porque a ese lado no lo has abrazado".
Él la aprieta contra su pecho, siempre desde arriba, y le limpia las lágrimas con besos pequeños y juntos.