25.2.10

La música de rejas para adentro

Mucho ha llovido (y esta expresión cobra estos días más sentido que nunca) desde el Rock de la cárcel de Elvis Presley, mucho han cambiado las cárceles desde los años cincuenta, sin embargo, la música sigue teniendo la capacidad atravesar los muros más gruesos. En el centro penitenciario de Albolote, se celebra estos días una de las cuatro semanas culturales que tiene el recinto, con motivo del Día de Andalucía, en la que fueron invitados a participar los Suéter. Y allí me uní yo, empotrada en la expedición al último, o, por lo menos, el más olvidado rincón de Albolote.

La sensación de olvido que reina ya en el camino que lleva al recinto te empapa mientras buscas una sola señal de carretera que te avise de que está allí, en algún lugar no muy lejos. Cerca del pantano de Cubillas, donde siguen apareciendo nuevas urbanizaciones de lujo, no hay carteles que recuerden que a algunos kilómetros viven casi mil reclusos, como si prefirieran no pensar en eso. Yo mientras tanto, imaginaba como los familiares se acercan a encontrarse con los suyos, viajando a un lugar que parece no existir para ver a personas que muchos desearían que no existieran.

Dentro había gente esperando, madres, novias, amigos, niños, muchos niños... Nosotros pasamos por otra puerta, con el funcionario que era amigo. Tuvimos que enseñar el DNI en tres controles (en el último lo dejamos), pero en ninguno me registraron o me hicieron quitarme las botas. En realidad, cualquier aeropuerto es peor. Lo que sí me impresionó fue el sonido de las puertas de hierro cerrándose detrás de nosotros, con las rejas horizontales, que son, como dijo un amigo, "más amigables" y esas puertas que se abren de manera automática, recordándote que te vigilan aunque no los veas.

En el salón de actos, vacío, los componentes de "Los condenados", el grupo "local", y Suéter, sonorizaban y ultimaban detalles antes de la actuación. "Los condenados" son seis, cinco internos y un funcionario blusero que se encarga del taller de Rock-pop, al que asisten los otros cinco componentes. Todos los internos del grupo pertenecen al módulo "de respeto", es decir, el módulo en el que viven los presos "buenos", los que no se drogan ni buscan bronca. En ese módulo, como nos contaba uno de ellos, las puertas de las celdas están abiertas y se cuidan mucho de no romper la paz en la que viven. "Nosotros no venimos a luchar, el resto tienen que luchar", nos claraba otro.

Al concierto asistieron los internos del módulo de menores de 23 años, varios de mujeres y el de respeto, hasta completar aforo. Es entonces cuando vi lo real, esos chavales de menos de 23 años destrozados, las miradas idas, los dientes rotos... Estábamos en la cárcel. Las mujeres llegaron más tarde, muchos habían dejado un asiento vacío a su lado con la esperanza de que se sentara alguna. Momentos como ése son los únicos en los que se juntan ellos y ellas y, en cuanto apagan las luces, se convierte en un lugar íntimo, mejor dicho, en muchos.
Chiflidos, tacones, andares de diva...
Y comienza la función.



Mucho ha llovido desde el Rock de la cárcel y allí no había coreografías ni camisas a rayas. El público escuchaba a los Suéter con ganas de que hicieran otra música, pidiéndoles canciones de Estopa, Extremos Duro, algo de flamenco o El Chivi... pero ninguno se levantó del asiento. "Eso es que les ha gustado" nos aclararía un funcionario después. Yo no estoy tan segura, pero lo cierto es que fue un conciertazo, por muchos motivos. Nos fuimos de allí con un sabor de boca agridulce. Lo pasamos bien, y nos fuimos. Y ellos se quedaron, unos con su lucha y otros con su espera.

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